La palabra de las poetas
Mujer y sociedad
Juan Gelman (Argentina-Bs.As.,
1930)
Nota:
Daniela Rocca (Italia, 1937-1994). Actriz y modelo. Actuó en los films: Giudita
e Holoferne (Cerchio) y Divorcio a la italiana (Germi).
Después de algunos años de éxito, su participación en el cine disminuyó. Padeció trastornos psiquiátricos. Escribió narrativa
y poesía.
Fuentes:
Galeano, Eduardo, Mujeres, Madrid, Alianza Editorial,
1995.
Walsh, María Elena (selección), A la madre, Bs.As. Ed. Colihue, 2001.
Carriego, Evaristo, ¡De todo te olvidas! (selección de Pedro
Orgambide), Bs.As., Ameghino
Editora, 1999.
Giordano, Carlos (selección), Los poetas sociales, Bs. As., CEAL, 1968.
Olivari, Nicolás, El gato escaldado, Bs. As., CEAL.
Hernández, Miguel, El rayo que no cesa, Bs. As. Ed.
Losada, 1979.
Veiravé, Alfredo, Radar en la tormenta, Bs. As., Ed.
Sudamericana, 1985.
Gelman, Juan, Antología personal, Bs. As., Ed. del
Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1993.
Narrativa femenina
![]() |
| Tarsila do Amaral, Abaporú, 1928 (Brasil 1886-1973). |
Todas habremos escuchado o leído
en nuestra infancia el cuento La Cenicienta escrito
por el francés Charles Perrault (1628-1703). Este cuento, como muchos de su
época, contenían moraleja. He aquí dos
de las que podrían inferirse: solo las
mujeres buenas y gentiles logran alcanzar el beneficio de un príncipe
“salvador” o, sin la intervención de un hada madrina (ayuda mágica y azarosa)
por más inteligente y aguda que una niña sea, no podrá mejorar su destino.
Estas moralejas, muy inocentes en apariencia, apuntan a una visión de la mujer bastante
terrible. Cenicienta es el prototipo de la mujer sometida: reducida a fregona,
maltratada y envidiada por su madrastra
y hermanastras, con un porvenir pendiente de ayudas mágicas y una realización
personal que implica un ascenso social inusitado, que alcanzará solo gracias a la arbitraria elección de un príncipe.
La escritora Ana María Shua nos propone algunas otras lecturas del tradicional
cuento.
CENICIENTA
Cenicienta I
A las doce en punto pierde en la escalinata del palacio su zapatito de
cristal. Pasa la noche en inquieta duermevela y retoma por la mañana sus
fatigosos quehaceres mientras espera a los enviados reales. (Príncipe
fetichista, espera vana).
Cenicienta II
Desde la buena fortuna de aquella Cenicienta, después de cada fiesta la
servidumbre se agota en las escalinatas barriendo una atroz cantidad de calzado
femenino, y ni siquiera dos del mismo par, para poder aprovecharlos.
Cenicienta III
Advertidas por sus lecturas, las hermanastras de Cenicienta logran
modificar, mediante costosas intervenciones, el tamaño de sus pies, mucho antes
de asistir al famoso baile. Habiendo tres mujeres a las que les calza el
zapatito de cristal, el príncipe opta por desposar a la que ofrece más dote. La
nueva princesa contrata escribas que consignan la historia con su dictado.
Cenicienta IV
El problema se genera en esa identificación que hace la joven esposa
entre su marido y la figura dominante en su infancia y adolescencia. Nada fuera
de lo común en esta dupla que terminan por conformar esposo y madre,
confundiéndose en una sola entidad exigente, amenazante, superyoica ( en este
caso príncipe-madrastra), en la frágil psiquis de Cenicienta.
Fuente: Shua, Ana María, Casa
de geishas, Bs. As., Ed. Sudamericana, 1992.
![]() |
| Frida Kahlo (México, 1907-1954). |
Pensamiento y acción
INNUMERABLES ROSTROS DE LA POESÍA
Poesía=Poiesis(creación).
Muchos son los rostros con que se
manifiesta. Muchas y muy hondas las motivaciones que impulsan la génesis de
esta labor creadora.
Si bien, en un principio, el
término abarcaba también a la épica, de la que surgió la narrativa, en esta página nos
referiremos exclusivamente a la poesía
lírica, esa otra derivación genérica del material de los antiguos rapsodas.
La poesía así entendida encuentra en la riqueza polisémica de sus imágenes y en el poder transformador y renovador propio del lenguaje,
su capacidad de sugestión y encantamiento. Cada poeta tiene sus designios, íntimos
y absolutamente personales. Cada época marca un ritmo, un tono o un posible abordaje. El aire de época puede constituir un marco de
influencia, o, por el contrario, un blanco de cuestionamiento. Pero en todos los
casos, la intención de poetizar implica siempre un quiebre, una ruptura. Con el
uso frecuente y desgastado de la palabra, con su función referencial, con la
cristalización conceptual, con la tradición simbólica heredada.
En la medida que el poeta logre emancipar su expresión de estas ataduras, su voz se tornará más original y potente. Su palabra abrirá una honda herida en el cuerpo de la lógica. Entablando un diálogo con los abismos, se convertirá en la encendida llama que brilla entre las piedras que, día a día, recoge Sísifo, en la luz prodigiosa que alumbra al universo. El poema devendrá en un océano con sus corrientes subacuáticas, un cielo inesperado, un ocaso encendido de ritmos tribales.
En la medida que el poeta logre emancipar su expresión de estas ataduras, su voz se tornará más original y potente. Su palabra abrirá una honda herida en el cuerpo de la lógica. Entablando un diálogo con los abismos, se convertirá en la encendida llama que brilla entre las piedras que, día a día, recoge Sísifo, en la luz prodigiosa que alumbra al universo. El poema devendrá en un océano con sus corrientes subacuáticas, un cielo inesperado, un ocaso encendido de ritmos tribales.
Forma de creación que, partiendo
de la más extrema subjetividad, confraterniza con el dolor ajeno, con el centro neurálgico de la emoción
universal. Semántica de la oblicuidad, del misterio que encierra la vida y la muerte.
Interrogante infinito que escarba con sus signos el terreno donde se labra la revelación.
Quien escribe poesía y quien la
lee, quien sale a su paso o quien es interceptado por su fulgor no permanece
indemne. Y es muy posible que uno y otro
se encuentren en algún punto de esa urdimbre.
Atraídos por el imán que desde cada hendija de su sonoridad y su
silencio magnetiza al deseo.
Los poemas que aquí se
transcriben pertenecen al período que abarca fines del siglo XIX y siglo XX.
Período muy rico en la exploración de
técnicas y en la búsqueda de formas y contenidos
innovadores y en, algunos casos, cargados de una alta dosis de rebeldía e inconformismo.
Rainer María Rilke, en sus Cartas a un joven poeta escribió:
Me pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los envía a las revistas. Los compara con otras poesías, y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle) ruégole que abandone todo eso. Usted mira a lo exterior, y esto es, precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie le puede aconsejar ni ayudar; nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre sí. Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto de que escribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: “¿debo escribir?” Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo “debo”, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de ese impulso.
(…)
Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente. Y aun cuando usted estuviese en una prisión cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos? Vuelva usted a ella su atención. Procure hacer emerger las hundidas sensaciones de aquel vasto pasado: su personalidad se afirmará, su soledad se agrandará y convertirá en un retiro crepuscular ante el cual pase, lejano, el estrépito de los otros. Y si de esta vuelta a lo interior, si de este descenso al mundo propio surgen versos, no pensará en preguntar a nadie si sus versos son buenos. Tampoco tratará de que las revistas se interesen por tales trabajos, pues verá en ellos su preciada posesión natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando ha sido creada necesariamente.
Rainer María Rilke (República Checa, 1875-1926).
Fuente: Rilke, Rainer María, Cartas
a un joven poeta, Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1974.
Tres versiones de Poética
ARTE POÉTICA
Que el verso sea como
una llave
Que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo
pasa volando;
Cuanto miren los ojos
creado sea,
Y el alma del oyente
quede temblando.
Inventa mundos nuevos
y cuida tu palabra;
El adjetivo cuando no
da vida, mata.
Estamos en el ciclo
de los nervios.
El músculo cuelga,
Como recuerdo en los
museos;
Mas no por eso
tenemos menos fuerza:
El vigor verdadero
Reside en la cabeza.
Por qué cantáis la
rosa, ¡oh, Poetas!
Hacedla florecer en
el poema;
Solo para nosotros
Viven todas las cosas
bajo el Sol.
El poeta es un
pequeño Dios.
Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948).
POÉTICA
La poesía no nace.
Está allí, al alcance
De toda boca
Para ser doblada,
repetida, citada
Total y textualmente.
Usted, al despertarse
esta mañana,
Vio cosas aquí y
allá,
Objetos, por ejemplo.
Sobre su mesa de luz
Digamos que vio una
lámpara,
Una radio portátil
Una taza azul.
Vio cada cosa
solitaria
Y vio su conjunto.
Todo eso ya tenía
nombre.
Lo hubiera escrito
así.
¿Necesita otro
lenguaje,
Otra mano, otro par
de ojos, otra flauta?
No agregue. No distorsione.
No cambie
La música de lugar.
Poesía
Es la que se está
viendo.
Joaquín Giannuzzi (Argentina, 1924-2004).
La poesía debe ser hecha por
todos –Lautremont.
Todos juntos estamos
haciendo la poesía
De cada árbol
plantado en una calle
De cada pared que se
levanta para proteger
El sueño de un paria
De cada gota de sudor
de un campesino
Que mira con sus ojos
de lágrimas oscuras
La tierra que tanto
lo vio sufrir
De cada nueva
victoria
Está naciendo la
poesía
Ancha encendida
fértil
Con voz de tierra que
se raja
Y de arado que raja
la tierra
Y de hombre que lleva
el arado cantando bajo el sol
La poesía
Hecha por todos
En el río en el
taller
En la casa en la
montaña
En el filo del
machete
En los ojos del niño
que aprende a leer
En mis manos que
aprenden a escribir
En el corazón de
todos los que están aprendiendo
Que se puede vivir
sin sufrir.
Fayad Jamís (México, 1930-1988).
Fuentes:
Grandes poetas de Hispanoamérica, Madrid, Salvat Editores, 1973.
Joaquín Giannuzzi, Antología poética, Buenos Aires, Fondo Nacional
de las Artes, 1998.
Poesía
Social Cubana, La Habana ,
Editorial Letras Cubanas, 1985.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Estatua de Fernando Pessoa en la puerta del café A Brasileira, lugar de reunión de artistas e intelectuales. Barrio de Chiado.
FERNANDO PESSOA: UN POETA, MUCHOS POETAS
Fernando Antonio Nogueira Pessoa (Lisboa,1888-Lisboa, 1935) empleó en su escritura el recurso de la heteronimia, que aunque no es exclusivo de él, en su caso, sostiene el drama-em-gente: un poeta dramático que escribe poesía lírica y es, a la vez, varios poetas.
Al referirse al aspecto ético del sensacionismo, tendencia dentro de la cual ubica a su obra, Pessoa nos aporta la siguiente causalidad del fenómeno:
Habiéndome acostumbrado a no tener creencias n i opiniones, no fuese a debilitarse mi sentimiento estético, en breve terminé por no tener ninguna personalidad, excepto una personalidad expresiva; me transformé en una máquina apta para expresar estados de espíritu tan intensos que se convirtieron en personalidades e hicieron de mi propia alma la mera cáscara de su apariencia causal.
(El regreso de los dioses, pg. 248).
Si nos extendemos un poco más allá de las motivaciones personales, podríamos decir que esta fragmentación subjetiva y la visión multifacética que la traduce, da cuenta de los profundos cambios sociales, políticos y económicos que tuvieron lugar entre fines del siglo XIX y principios del XX y, quizás, también exprese el resquebrajamiento de la tradición imperial portuguesa y su consecuente división geográfica.
TABAQUERÍA
de Fernando Pessoa (Alvaro de Campos)
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, de uno entre los millones del mundo que nin-
guno sabe quién es
( y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?)
Dais hacia el misterio de una calle cruzada constante-
mente por gente,
con una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente
cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y de los
seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos
blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo la carroza de todo por el
sendero de nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, tornándose esta casa y este lado
de la calle
en la fila de vagones de un tren, y una partida
señalada
desde dentro de mi cabeza
y una sacudida de mis nervios y un crujir de
huesos en la partida.
Estoy hoy perplejo como quien pensó y encontró y ol-
vidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por
fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por
dentro.
Fallé en todo.
Como no me hice propósito alguno, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
me bajé de él por la ventana trasera de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí solo encontré hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual a otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?
¿Que sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Seré lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan que son la misma cosa que no
puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños genios como
yo,
y la historia no distinguirá ¿quién sabe? Ni uno solo,
ni habrá estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay dolientes locos con tantas
certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza ¿soy más cierto o
menos cierto?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no estarán a esta hora los que se creen genios, soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas –
sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas -,
y quién sabe si realizables,
nunca verán la luz del sol real ni hallarán los oídos de
la gente?
El mundo es para quien nace para conquistar
y no para quien sueña que puede conquistar, aunque
tenga razón.
He soñado más que lo que Napoleón hizo.
He apretado en el pecho hipotético más humanidades
que Cristo,
He elaborado filosofías en secreto que ningún Kant
escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre solo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta
al pie de una pared sin puerta
y cantó l a copla del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me enreda el cabello,
y el resto que venga si viene, o tuviese que venir, o no
venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la
cama;
pero despertamos y él es opaco,
nos levantamos y él es ajeno,
salimos de casa y él es la tierra entera
mas el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(¡Come chocolates, pequeña
Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo, sino cho-
colates,
mira que las religiones todas no enseñan más que
la confitería.
¡Come, pequeña, sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con
que los comes!
Pero yo pienso, y al sacar el papel de plata, que es de
hojas de estaño,
tiro todo al suelo, como he tirado la vida.)
Pero, al menos, queda la amargura de que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico abierto hacia lo Imposible.
Pero, al menos, me consagro a mí mismo un desprecio
sin lágrimas,
noble al menos en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin rol, al decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(¡Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega , concebida como estatua que fuese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y lejana
o cocote célebre del tiempo de nuestros padres,
o no se qué moderno – no concibo bien qué -,
todo eso, sea lo que fuere, que seas, si puede inspirar
que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pa-
san,
veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo que yo no envidie por no
ser yo.
Miro a cada uno los andrajos, las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca vivieses, ni estudiases ni ama-
ses ni creyeses.
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin
hacer nada de eso);
tal vez hayas existido solo, como un lagarto al que
le cortan el rabo
y qué es un rabo para este lado del lagarto, confusamente.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El Dominó que vestí estaba equivocado.
Me conocieron, por lo tanto, por quien no era y no lo desmentí,
y me perdí.
Cuado me quise sacar la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando la saqué y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba ebrio, ya no sabía llevar puesto el dominó que no
me había sacado.
Arrojé la máscara y dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá te encontrara como una cosa que yo hiciese,
y no me quedara siempre enfrentado a la Tabaquería de enfrente
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra con que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía
nada.
Pero el dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó
en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal vuelta
y con la incomodidad del alma mal entendiendo.
El morirá y yo moriré.
El dejará el letrero, y yo dejaré versos…
En cierto momento morirá el letrero también, y los versos
también.
Después, en cierto momento morirá la calle donde estuvo el le-
trero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta gigante en que todo esto se
dio.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa
como gente
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo
de cosas como letreros,
siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño
del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa
ni la otra.
Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar
Tabaco?),
y la realidad plausible cayó de repente encima de mí.
Me incorporo enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo
contrario.
Enciendo un cigarro mientras pienso en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensa-
mientos,
sigo al humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de estar mal dispuesto.
Después me echo hacia atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras el destino me lo conceda, continuaré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez sería feliz.)
En vista de esto, me levanto de la silla. Voy hacia la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el vuelto en el
bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco; es Esteves sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y
me vio.
Me hizo un gesto de adiós. Le grité, ¡Adiós, Esteves! Y el uni-
verso
se reconstruyó en mí sin ideal ni esperanza, y el dueño
de la Tabaquería sonrió.
Versión: M. C. Arostegui
Fuente del texto en portugués: Pessoa –Poesía completa- Tomo II. Edición Libros de Río Nuevo, Barcelona, 1983.
de Fernando Pessoa (Alvaro de Campos)
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, de uno entre los millones del mundo que nin-
guno sabe quién es
( y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?)
Dais hacia el misterio de una calle cruzada constante-
mente por gente,
con una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente
cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y de los
seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos
blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo la carroza de todo por el
sendero de nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, tornándose esta casa y este lado
de la calle
en la fila de vagones de un tren, y una partida
señalada
desde dentro de mi cabeza
y una sacudida de mis nervios y un crujir de
huesos en la partida.
Estoy hoy perplejo como quien pensó y encontró y ol-
vidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por
fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por
dentro.
Fallé en todo.
Como no me hice propósito alguno, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
me bajé de él por la ventana trasera de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí solo encontré hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual a otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?
¿Que sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Seré lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan que son la misma cosa que no
puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños genios como
yo,
y la historia no distinguirá ¿quién sabe? Ni uno solo,
ni habrá estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay dolientes locos con tantas
certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza ¿soy más cierto o
menos cierto?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no estarán a esta hora los que se creen genios, soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas –
sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas -,
y quién sabe si realizables,
nunca verán la luz del sol real ni hallarán los oídos de
la gente?
El mundo es para quien nace para conquistar
y no para quien sueña que puede conquistar, aunque
tenga razón.
He soñado más que lo que Napoleón hizo.
He apretado en el pecho hipotético más humanidades
que Cristo,
He elaborado filosofías en secreto que ningún Kant
escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre solo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta
al pie de una pared sin puerta
y cantó l a copla del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me enreda el cabello,
y el resto que venga si viene, o tuviese que venir, o no
venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la
cama;
pero despertamos y él es opaco,
nos levantamos y él es ajeno,
salimos de casa y él es la tierra entera
mas el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(¡Come chocolates, pequeña
Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo, sino cho-
colates,
mira que las religiones todas no enseñan más que
la confitería.
¡Come, pequeña, sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con
que los comes!
Pero yo pienso, y al sacar el papel de plata, que es de
hojas de estaño,
tiro todo al suelo, como he tirado la vida.)
Pero, al menos, queda la amargura de que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico abierto hacia lo Imposible.
Pero, al menos, me consagro a mí mismo un desprecio
sin lágrimas,
noble al menos en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin rol, al decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.
(¡Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega , concebida como estatua que fuese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y lejana
o cocote célebre del tiempo de nuestros padres,
o no se qué moderno – no concibo bien qué -,
todo eso, sea lo que fuere, que seas, si puede inspirar
que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pa-
san,
veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo que yo no envidie por no
ser yo.
Miro a cada uno los andrajos, las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca vivieses, ni estudiases ni ama-
ses ni creyeses.
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin
hacer nada de eso);
tal vez hayas existido solo, como un lagarto al que
le cortan el rabo
y qué es un rabo para este lado del lagarto, confusamente.
Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El Dominó que vestí estaba equivocado.
Me conocieron, por lo tanto, por quien no era y no lo desmentí,
y me perdí.
Cuado me quise sacar la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando la saqué y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba ebrio, ya no sabía llevar puesto el dominó que no
me había sacado.
Arrojé la máscara y dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá te encontrara como una cosa que yo hiciese,
y no me quedara siempre enfrentado a la Tabaquería de enfrente
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra con que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía
nada.
Pero el dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó
en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal vuelta
y con la incomodidad del alma mal entendiendo.
El morirá y yo moriré.
El dejará el letrero, y yo dejaré versos…
En cierto momento morirá el letrero también, y los versos
también.
Después, en cierto momento morirá la calle donde estuvo el le-
trero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta gigante en que todo esto se
dio.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa
como gente
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo
de cosas como letreros,
siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño
del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa
ni la otra.
Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar
Tabaco?),
y la realidad plausible cayó de repente encima de mí.
Me incorporo enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo
contrario.
Enciendo un cigarro mientras pienso en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensa-
mientos,
sigo al humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de estar mal dispuesto.
Después me echo hacia atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras el destino me lo conceda, continuaré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez sería feliz.)
En vista de esto, me levanto de la silla. Voy hacia la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el vuelto en el
bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco; es Esteves sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y
me vio.
Me hizo un gesto de adiós. Le grité, ¡Adiós, Esteves! Y el uni-
verso
se reconstruyó en mí sin ideal ni esperanza, y el dueño
de la Tabaquería sonrió.
Versión: M. C. Arostegui
Fuente del texto en portugués: Pessoa –Poesía completa- Tomo II. Edición Libros de Río Nuevo, Barcelona, 1983.
El fado y el alma portuguesa
Toda poesía - y la canción es una poesía ayudada - refleja lo que el alma no tiene. Por eso la canción de los pueblos tristes es alegre y la canción de los pueblos alegres es triste.
El fado, sin embargo, no es alegre ni triste. Es un episodio de intervalo. Lo formuló el alma portuguesa cuando no existía y lo deseaba todo sin tener fuerza para desearlo.
Las almas fuertes lo atribuyen todo al Destino; solo las débiles confían en la voluntad propia, porque ésta no existe.
El fado es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y también le abandonó.
En el fado los Dioses regresan legítimos y lejanos. Es ése el segundo sentido de la figura del rey Don Sebastián.
Fuente: Pessoa, Fernando: El regreso de los dioses, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1986







