TODOS LOS DÍAS DE LA MUJER

Annemarie Heinrich (Alemania, 1912-Argentina, 2005).

Durante siglos, la voz de la mujer estuvo acallada.  Su  escasa participación en la vida social  y la ausencia de derechos cívicos la  redujeron al tamaño de una muñeca asomada al vacío. Lo que sabemos de ella, nos llega a través del   discurso de los hombres. Las troyanas de Eurípides (siglo V a.C.)  revela el dolor e impotencia a que están condenadas esposas e hijas y  el trágico destino que  la guerra  les depara.  Y en Antígona, Sófocles (sigloV a.C,)  personifica la lucha denodada de una mujer en un mundo dominado por los imperativos patriarcales.
Condicionada por la conformación de su organismo y acotada por los mandatos sociales, tanto en las agrupaciones primitivas como en las estructuras que responden a sociedades más desarrolladas, el papel de la mujer ha sido fundamentalmente el de la procreadora, la que cuida el orden hogareño, la que contribuye con su esfuerzo a las tareas de labranza o a la elaboración de  utensilios domésticos. Sometida y silenciada entre los sectores populares,   relegada a fines casi decorativos o de prolongación de los linajes en la aristocracia,  la transformación histórica que significó el surgimiento de la burguesía, en un principio   no aportó cambios relevantes para la condición femenina.
Si bien hubo ejemplos de mujeres que, de alguna manera, superaron los parámetros que su situación de clase y de época les imponían, como es el caso de Margarita de Navarra (siglo XVI), mujer culta y de notable apertura,  que transformó a la  corte en centro  de difusión del Humanismo y también escribió relatos y poemas, antes del siglo XIX la posibilidad de realización personal de una mujer se reducía a casos aislados. La Revolución Industrial permitió la salida de la mujer del ámbito cerrado de la casa.  Accedió al trabajo remunerado, pero bajo condiciones de extrema precariedad y explotación. Asimismo, la mujer carecía de autonomía en sus decisiones emocionales (el casamiento era una imposición paterna), y   su participación activa en la educación y la cultura resultaba inconcebible. El nombre y el disfraz masculino permitieron a la escritora Amandine Dupin (George Sand) circular por sitios vedados a las  mujeres de su condición social. Pero la aproximación al eje del poder, seguramente, no se redujo al simple plano de las apariencias. Travestirse  fue un modo circunstancial de ir sorteando vallas en  el camino hacia un cambio que debía operarse globalmente  en la sociedad, pero, de manera fundamental, en el interior de cada mujer.
Es recién en el siglo XIX cuando  los reclamos feministas responden a formas más orgánicas y se hacen oír con mayor ímpetu. Antes de las luchas encabezadas por obreras en plena vigencia del desarrollo industrial, hubo mujeres que participaron activamente en la gesta de la independencia americana. Es el caso de Juana Azurduy, quien intervino junto a su esposo Manuel Padilla durante las acciones del Ejército del Norte y a la muerte de éste asumió la comandancia de las guerrillas que conformaban la Republiqueta de la Laguna. Manuela Sáenz (la Libertadora), nacida en el Virreinato de Nueva Granada, acompañó a Simón  Bolívar  durante las campañas emancipadoras. Ana María de Jesús Ribeiro  Antunes fue la leal compañera de Garibaldi. Durante la Guerra de los Farrapos se conocieron y ella peleó junto a él mientras estuvo al servicio  de la República Riograndense y más tarde también en Montevideo.
Como señala Ricardo Rojas: “…la mujer emancipada que se mezcla libremente a la vida, que estudia a la par del hombre, colabora en los periódicos y saca a la luz sus libros, es un fenómeno propio  del siglo XIX y de la atmósfera liberal de las sociedades modernas.” En la Argentina,  Juana Manuela Gorriti (1818-1892), Juana Manso (1819-1875), Eduarda Mansilla (1834-1892) y un poco más tarde, Rosario Vera Peñaloza (1873-1950)  fueron precursoras de la presencia femenina en las letras y en la educación, comprometidas ideológica y prácticamente con la defensa de la  liberación de sus congéneres y también de otros sectores sociales relegados u oprimidos.
Pero es recién en el siglo XX que la mujer logra acceder a los estudios universitarios y posteriormente a formar parte de los claustros. Y es también bastante reciente su   participación cívica, el derecho al sufragio y el derecho a ejercer funciones políticas.
Según cuenta la historia, en marzo de 1908 las operarias de la fábrica Sitwoot Cottom, en Nueva York realizaron una huelga en reclamo de mejoras salariales y otros derechos laborales. Se produjo un incendio intencional a causa del cual murieron más de un centenar de trabajadoras. En memoria de esa luctuosa   jornada y de otras protestas de similares consecuencias que tuvieron lugar en Europa, en 1910, en la Conferencia Internacional de la Mujer Trabajadora que tuvo lugar en Copenhague (Dinamarca) se estableció la fecha 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Fecha que fue ratificada por la ONU en 1977.
Con el tiempo, la conmemoración se ha extendido a todas las mujeres, participen o no en el trabajo formal. Y es razonable que así sea, ya que aún hoy y a pesar de que no existen  las limitaciones de otras épocas, hay muchas mujeres que no pueden tener acceso al estudio, y consecuentemente tampoco a un trabajo digno, mujeres condenadas a la pobreza, sin más futuro que el de engendrar hijos, mujeres que  padecen la violencia doméstica, mujeres cautivas de uno de los negocios más ignominiosos: la trata de blancas, mujeres, que ante la falta de una legislación que las ampare se ven obligadas a parir hijos no deseados o a  exponerse a intervenciones clandestinas.  También existe, como tenebroso resabio de un pasado de sometimiento, la conformidad y la entrega a los designios de un mundo que,  si bien en muchos aspectos ha progresado,  aún mantiene reductos de deshumanización: las mujeres- objeto que hacen de su cuerpo un material de  uso y descarte, las mujeres, que presas de una  tradición machista sostienen, dentro del hogar y la familia, posturas de aceptación del dominio masculino,   las  Cenicientas del consumo que aparecen en mensajes publicitarios, o las que sueñan con “jóvenes  príncipes”, que a la larga se transforman en sapos.
Para librarse de modelos  impuestos subliminalmente, de ataduras estigmatizantes, para avanzar no solo  como género sino como persona  hacia una sociedad donde prime el respeto y la igualdad de oportunidades es  imprescindible el estado de alerta.   Pensarse mujer abarca un complejo entramado de responsabilidades, que implica  la sexualidad, pero también la trasciende.



Estatua de Fernando Pessoa en la puerta del café A Brasileira, lugar de reunión de artistas e intelectuales. Barrio de Chiado.

FERNANDO PESSOA: UN POETA, MUCHOS POETAS

Fernando Antonio Nogueira Pessoa (Lisboa,1888-Lisboa, 1935) empleó en su escritura el recurso de la heteronimia, que aunque no es exclusivo de él, en su caso, sostiene el drama-em-gente: un poeta dramático que escribe poesía lírica y es, a la vez, varios poetas.
Al referirse al aspecto ético del sensacionismo, tendencia dentro de la cual ubica a su obra, Pessoa nos aporta la siguiente causalidad del fenómeno:
Habiéndome acostumbrado a no tener creencias n i opiniones, no fuese a debilitarse mi sentimiento estético, en breve terminé por no tener ninguna personalidad, excepto una personalidad expresiva; me transformé en una máquina apta para expresar estados de espíritu tan intensos que se convirtieron en personalidades e hicieron de mi propia alma la mera cáscara de su apariencia causal.
(El regreso de los dioses, pg. 248).
Si nos extendemos un poco más allá de las motivaciones personales, podríamos decir que esta fragmentación subjetiva y la visión multifacética que la traduce, da cuenta de los profundos cambios sociales, políticos y económicos que tuvieron lugar entre fines del siglo XIX y principios del XX y, quizás, también exprese el resquebrajamiento de la tradición imperial portuguesa y su consecuente división geográfica.
TABAQUERÍA
de Fernando Pessoa (Alvaro de Campos)

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto, de uno entre los millones del mundo que nin-
guno sabe quién es
( y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?)
Dais hacia el misterio de una calle cruzada constante-
mente por gente,
con una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente
cierta,
con el misterio de las cosas por debajo de las piedras y de los
seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos
blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo la carroza de todo por el
sendero de nada.

Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir
y no tuviese más hermandad con las cosas
que una despedida, tornándose esta casa y este lado
de la calle
en la fila de vagones de un tren, y una partida
señalada
desde dentro de mi cabeza
y una sacudida de mis nervios y un crujir de
huesos en la partida.

Estoy hoy perplejo como quien pensó y encontró y ol-
vidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por
fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por
dentro.

Fallé en todo.
Como no me hice propósito alguno, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
me bajé de él por la ventana trasera de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí solo encontré hierbas y árboles,
y cuando había gente era igual a otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?

¿Que sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Seré lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan que son la misma cosa que no
puede haber tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños genios como
yo,
y la historia no distinguirá ¿quién sabe? Ni uno solo,
ni habrá estiércol de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay dolientes locos con tantas
certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza ¿soy más cierto o
menos cierto?
No, ni en mí…
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no estarán a esta hora los que se creen genios, soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas –
sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas -,
y quién sabe si realizables,
nunca verán la luz del sol real ni hallarán los oídos de
la gente?
El mundo es para quien nace para conquistar
y no para quien sueña que puede conquistar, aunque
tenga razón.
He soñado más que lo que Napoleón hizo.
He apretado en el pecho hipotético más humanidades
que Cristo,
He elaborado filosofías en secreto que ningún Kant
escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre solo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta
al pie de una pared sin puerta
y cantó l a copla del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me enreda el cabello,
y el resto que venga si viene, o tuviese que venir, o no
venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la
cama;
pero despertamos y él es opaco,
nos levantamos y él es ajeno,
salimos de casa y él es la tierra entera
mas el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.

(¡Come chocolates, pequeña
Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo, sino cho-
colates,
mira que las religiones todas no enseñan más que
la confitería.
¡Come, pequeña, sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con
que los comes!
Pero yo pienso, y al sacar el papel de plata, que es de
hojas de estaño,
tiro todo al suelo, como he tirado la vida.)

Pero, al menos, queda la amargura de que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico abierto hacia lo Imposible.
Pero, al menos, me consagro a mí mismo un desprecio
sin lágrimas,
noble al menos en el gesto amplio con que tiro
la ropa sucia que soy, sin rol, al decurso de las cosas,
y me quedo en casa sin camisa.

(¡Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega , concebida como estatua que fuese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y lejana
o cocote célebre del tiempo de nuestros padres,
o no se qué moderno – no concibo bien qué -,
todo eso, sea lo que fuere, que seas, si puede inspirar
que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como los que invocan espíritus, me invoco
a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pa-
san,
veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo los perros que también existen
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo que yo no envidie por no
ser yo.
Miro a cada uno los andrajos, las llagas y la mentira,
y pienso: tal vez nunca vivieses, ni estudiases ni ama-
ses ni creyeses.
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin
hacer nada de eso);
tal vez hayas existido solo, como un lagarto al que
le cortan el rabo
y qué es un rabo para este lado del lagarto, confusamente.

Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El Dominó que vestí estaba equivocado.
Me conocieron, por lo tanto, por quien no era y no lo desmentí,
y me perdí.
Cuado me quise sacar la máscara,
estaba pegada a la cara.
Cuando la saqué y me vi en el espejo,
ya había envejecido.
Estaba ebrio, ya no sabía llevar puesto el dominó que no
me había sacado.
Arrojé la máscara y dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
ojalá te encontrara como una cosa que yo hiciese,
y no me quedara siempre enfrentado a la Tabaquería de enfrente
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
como una alfombra con que un borracho tropieza
o un felpudo que los gitanos robaron y no valía
nada.
Pero el dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó
en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal vuelta
y con la incomodidad del alma mal entendiendo.
El morirá y yo moriré.
El dejará el letrero, y yo dejaré versos…
En cierto momento morirá el letrero también, y los versos
también.
Después, en cierto momento morirá la calle donde estuvo el le-
trero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta gigante en que todo esto se
dio.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa
como gente
continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo
de cosas como letreros,
siempre una cosa enfrente de otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño
del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa
ni la otra.

Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar
Tabaco?),
y la realidad plausible cayó de repente encima de mí.
Me incorporo enérgico, convencido, humano,
y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo
contrario.
Enciendo un cigarro mientras pienso en escribirlos
y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensa-
mientos,
sigo al humo como una ruta propia,
y gozo, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de estar mal dispuesto.

Después me echo hacia atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras el destino me lo conceda, continuaré fumando.

(Si me casase con la hija de mi lavandera
tal vez sería feliz.)
En vista de esto, me levanto de la silla. Voy hacia la ventana.

El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el vuelto en el
bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco; es Esteves sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y
me vio.
Me hizo un gesto de adiós. Le grité, ¡Adiós, Esteves! Y el uni-
verso
se reconstruyó en mí sin ideal ni esperanza, y el dueño
de la Tabaquería sonrió.

Versión: M. C. Arostegui
Fuente del texto en portugués: Pessoa –Poesía completa- Tomo II. Edición Libros de Río Nuevo, Barcelona, 1983.





El fado y el alma portuguesa

Toda poesía - y la canción es una poesía ayudada - refleja lo que el alma no tiene. Por eso la canción de los pueblos tristes es alegre y la canción de los pueblos alegres es triste.
El fado, sin embargo, no es alegre ni triste. Es un episodio de intervalo. Lo formuló el alma portuguesa cuando no existía y lo deseaba todo sin tener fuerza para desearlo.
Las almas fuertes lo atribuyen todo al Destino; solo las débiles confían en la voluntad propia, porque ésta no existe.
El fado es el cansancio del alma fuerte, la mirada de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y también le abandonó.
En el fado los Dioses regresan legítimos y lejanos. Es ése el segundo sentido de la figura del rey Don Sebastián.

Fuente: Pessoa, Fernando: El regreso de los dioses, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1986